| |
ALLA
EN NEW ORLEANS
Un paseo por su música, su cultura y sus mujeres
Por el doctor Adrián Sapetti, psiquiatra y sexólogo
Antes de la catástrofe ecológica que azotó
a esta ciudad, en ocasión del Congreso Norteamericano
de Psiquiatría 2001 –al que tuve el honor
de ser invitado en calidad de médico psiquiatra-
pude conocer la capital de estado de Lousiana: New Orleans.
En esta fascinante ciudad, cuna del jazz, que se encuentra
al borde del lago Pontchartrian y es atravesada por
el Mississippi River, se entrecruzaron la cultura española
y francesa –pues fue colonia de ambas coronas,
antes de ser vendida a los americanos por Napoleón-
con la africana y la cultura vudú, incluso influenciada
por Canadá.
SU MÚSICA
La música la atraviesa por todas partes, desde
los ascensores de los hoteles y los barcos que surcan
el río hasta las calles y los templos protestantes
con sus impactantes coros que interpretan gospels (no
dejen de ir al Templo Greater St. Stephen donde serán
bienvenidos y alabados, en medio de coros y cantantes
solistas que son estremecedores). Jazz tradicional,
dixieland, blues, tiempos de ragtime hasta la música
zydeco, cajun y creole que son las músicas populares
–country si se prefiere- propias de la tierra
Cajun y del Bayou, y las fiestas del Mardi Gras, carnaval
de la ciudad. Por supuesto que no me olvido de la Bourbon
Street, calle de Borbón rezan los carteles de
cerámica que aún recuerdan la influencia
española, a la cual –entre otros- homenajeara
Sting.
En ese mes de mayo cursaba el festival
de jazz, en un predio que recordaba Woodstock y donde,
al aire libre, varias carpas y escenarios nos brindaban
espectáculos con B.B.King, Fats Domino, Pete
Fountain, Dr. John, entre cientos de atracciones con
todas las variedades del jazz y el folk, que obligaban
a salir corriendo de un lado al otro para no perderse
ninguno. Pero el espectáculo también está
en las calles donde chicos de los barrios negros tocan
con sus bandas o golpean tachos al ritmo del downbeat,
o un grupo de jazz suena frente al Cabildo, al pie de
Jackson Square o músicos solistas tocan sus saxos,
clarinetes o guitarras a lo largo de la Bourbon St.
Justamente en esta calle se encienden las luces en la
noche del French Quarter, Vieux Carré o Barrio
Francés según desde qué cultura
se lo mire. Este maravilloso barrio histórico,
de casas de dos o tres plantas, por momentos me recordaba
a la colombiana Cartagena, a Santiago de Cuba y a la
Boca, con sus balcones de madera desde donde jóvenes
tiran los collares de cuentas de colores, mientras muestran
sus senos, o sus piernas, nalgas incluidas, a pedido
del público, que desde la calle les piden a gritos
que “muestren algo” mientras la música
nos invade desde los múltiples locales de la
calle.
En esta peatonal, si no prefieren ir
a House of Blues (en este lugar los psiquiatras tuvimos
la emoción de escuchar al gran B.B. King) o a
la Generation Hall, verdaderos templos musicales, pueden
entrar a los distintos bares, que están a lo
largo de la calle, sin pagar “cover” y escuchar
y bailar al son del rock, blues, jazz, funky, pop o
música creole o zydeco, o ver bellas “a
go-go girls” haciendo strip tease abrazadas a
la barra (el caño, si se prefiere).
Quisiera comentar algo de este tipo de
música típica y popular, más que
el jazz, de esta zona que se conoce como creole, cajun
y zydeco: son grupos conformados por un acordeón,
guitarra, batería, teclados, a veces violín,
y la pechera de metal, como tabla de lavar, rasgada
por dedos con dedales, y voces. Y los pies se te mueven
solos al ritmo de estas danzas populares y se alegran
los corazones bienaventurados.
UNA NOCHE DE JAZZ
A pocos metros de la calle Bourbon hay un lugar mágico
que, si tienen oportunidad de estar en New Orleáns,
no pueden dejar de visitar. Es una casita vieja, cual
conventillo de San Telmo, con una puerta de reja desvencijada
en la que una señora oficia de cancerbero para
evitar que la gente que espera en la calle no se filtre
en un descuido, y dos ventanas derruidas desde donde
se puede ver y oír a los músicos, antes
de poder entrar. Cada 20 minutos se renueva el público
y la rutina de la banda en este lugar llamado Preservation
Hall of Jazz. Salen los que estaban adentro, aunque
te puedes quedar todo el rato que quieras, y entran
los ávidos turistas que con envidia miraban por
las ventanas. En este pequeño ámbito,
una vez adentro, previo pago de 5 dólares (en
esos años), te sientas en el suelo o en unas
banquetas o permaneces parado, sin tomar nada y sin
fumar, dialogas con los músicos que explican
los temas que tocan, con su banda tradicional conformada
por banjo, trombón, trompeta, clarinete, un contrabajo
(interpretado por un viejo negro con barba blanca, como
en las viejas películas de ámbito sureño
al estilo Tobacco Road) y un piano vertical sin tapa.
En esa verdadera ceremonia suenan temas de Jelly Roll
Morton, W.C. Handy o Scott Joplin, Ellington, Sydney
Bechet y Armstrong (estos dos últimos verdaderos
próceres oriundos de la ciudad: hoy un parque
lleva el nombre del gran Louis, “Satchmo”
como “nickname”). Por un puñado,
pequeño, de dólares les puedes pedir que
toquen tu tema favorito y podrás oír a
los “santos que vienen marchando”. Con los
colegas nos quedamos en doble turno embriagados por
los sones del jazz tradicional y el clima que genera
esta inolvidable Preservation Hall Jazz Band.
Un paseo por el río con los barcos
con las aspas circulares atrás, esas que siempre
vimos en las películas es un paseo imprescindible
como también lo es visitar las maravillosas mansiones
de las “plantations”, de las familias sureñas
esclavistas que nos recuerdan a “Lo que el viento
se llevó”. Hoy son museos que pueden ser
visitados por los turistas.
EL VUDÚ
También pueden disfrutar de las danzas y ritos
del voodoo (vudú) adoradores de la serpiente
(su diosa máxima descansa en uno de los interesantes
cementerios de la ciudad y también pueden visitar
el Museo de este culto, bastante parecido al candomblé
brasileño o al rito yoruba cubano).
LA COCINA CREOLE
A no perderse la comida típica de la zona la
cocina creole (también el idioma de la zona se
llama así) o cajun, que es algo así como
una mezcla de la brasileña, cubana y mexicana
(degusten la jambalaya con su arroz y frijoles, la gumbo
soup y la sopa de tortuga... eso sí: cuidado
con los fuertes picantes y chiles con los cuales los
aderezan).
Al menos antes de las inundaciones, todo
esto le daba una onda maravillosa, voluptuosa, mágica,
religiosa, y de alegría sin igual, convirtiendo
a la capital de Lousiana en un lugar adorable, entrañable,
amigable. Por las referencias que tengo han restaurado
gran parte de lo destruido.
I love New Orleáns!
VOLVER |
|